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INTERNATIONAL ANTI-CORRUPTION CONFERENCE (IACC)
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8th INTERNATIONAL ANTI-CORRUPTION CONFERENCE

The Papers


Reflexiones Económicas Y Políticas
Sobre La Corrupción


Antonio Garrigues Walker


  1. La primera advertencia, la más seria, la más inquietante, se puede resumir diciendo que la lucha contra la corrupción va a ser tan larga, tan difícil y tan peligrosa como la propia lucha contra la droga, dos luchas íntimamente entrelazadas. La corrupción se ha convertido, en efecto, en una potentísima droga moral que puede llevarnos y que de hecho nos está llevando a situaciones límites cercanas al caos. Hemos entrado en una era histórica de un cierto enriquecimiento lento general; la pavorosa crisis ideológica; el descenso galopante de los valores morales, espirituales y religiosos; la angustia ante la aceleración de los cambios; el exceso de agresividad competitiva; el llamado peligro a desaparecer de la escena; la torpe y cómica obsesión por el consumo y la apariencia, y otros factores similares y derivados, han implantado el cinismo y el pragmatismo insolidario como la filosofía básica. "Puesto que todo vale, nada vale" podría ser el lema de la sociedad actual. Lo paradójico es que, al mismo tiempo, todos tenemos una mala conciencia general, un sentimiento equívoco de que no hacemos lo que deberíamos y una dolorosa convicción de que estamos actuando irresponsablemente.


  2. El fracaso del marxismo como método de análisis de la realidad y como sistema político está teniendo consecuencias mucho más profundas de las que imaginábamos. El capitalismo democrático ha sobrevivido hasta el momento porque en ninguna de sus distintas fases ha pretendido asentarse sobre bases filosóficas rígidas, y además porque ha sabido utilizar y manipular con inteligencia los planteamientos morales manteniendo una tolerable tensión entre el ser y el deber ser sin asumir, en ningún momento, una aspiración utópica terrenal que fue la gran promesa fallida del marxismo. El capitalismo democrático -nos guste o no- va a ser la única ideología, o por mejor decir, el único sistema que va a prevalecer en esta fase de la historia.

    Pero, paradójicamente, la muerte del marxismo va a acelerar el desarrollo de las famosas contradicciones internas del capitalismo en todas sus manifestaciones, tarea que siempre ha realizado con sorprendente eficacia, pero en este momento historico, ese ajuste puede llegar a alterar esencialmente tanto sus características como su funcionamiento, hasta hacerlo irreconocible. La victoria del capitalismo puede acabar siendo una victoria pírrica, y con el tiempo, una derrota esplendorosa.

    La terrible soledad del capitalismo como sistema predominante, como sistema hegemónico va, por de pronto, a elevar dramáticamente los niveles de exigencia en cuanto a calidad en el terreno político y en cuanto a pureza y transparencia del mercado, en el terreno económico. Por muy confusa y domesticada que parezca estar, la ciudadanía no va a aceptar impasible una degeneración tan brutal y tan necia del sistema. En algunos países, la opinión pública ya ha dicho "basta" y ese mismo grito se va a escuchar muy pronto en todos los países. El estamento político, el económico, el religioso, tendrán que reaccionar de inmediato si mantienen su pretensión de cumplir su papel en la sociedad. Es cierto que todos somos culpables del crecimiento geométrico de la corrupción, ya sea por omisión, por acción, por cobardía, por temor, o en cualquier otra forma. La culpa es, en efecto, un poco de todos, como nos gusta decir en los países latinos. Pero la responsabilidad más grande, la más incuestionable, la más exigible, tiene que recaer, sin piedad, sobre las clases dirigentes, sobre esas minorías selectas de las que hablaba Pío Baroja, o sobre lo que los anglosajones denominan el establishment. Y es ahí, justamente, en ese grupo social, donde estamos viviendo el más triste y doloroso espectáculo de avaricia, de insensibilidad social, de abuso de todos los poderes, grandes y pequeños, de tolerancia cuando no encubrimiento de los desmanes de sus colegas y de hipocresía rampante y desvergüenza en todas sus formas. Hay, sin duda, excepciones maravillosas y gratificantes. Pero son eso: excepciones. No son, en verdad, muy numerosos los líderes que asumen la obligación de generar ejemplaridad, de convertirse en ese espejo del "mejor yo" en el que, según el poeta Shelley, quieren verse los ciudadanos.


  3. La ética no es solo una cuestión que atavíe a la doctrina moral o al comportamiento religioso, sino una condición sine qua non para la eficacia del sistema. Si la corrupción se institucionaliza, el colapso es inevitable. Tanto por dignidad como por pragmatismo tenemos que iniciar un proceso de regeneración ética que nos permita salir de esta sociedad que, como ha denunciado con maestría Gilles Lipovetsky, nos conduce al imperio de lo efímero, reduciendo a un mínimo el sentido del deber y justificándonos hipócritamente con éticas cada vez más indoloras. El grave problema de nuestra sociedad no está sólo en el nivel de corrupción, por alto que sea, sino, más bien, y de forma principal, en la absoluta falta de respuesta y de reacción frente al fenómeno, tanto a nivel individual como colectivo e institucional. 0, en otras palabras, el problema no está sólo en los que abusan, roban, defraudan o engañan, sino también en los que se rasgan las vestiduras ante tamañas indignidades pero que luego tratan con gran deferencia y respeto o, incluso, con repugnante servilismo, a las personas que las cometen.

    Un proceso de regeneración ética debe pasar mínima y necesariamente, por las seis claves siguientes:

    • La tipificación como delito de una serie de actos que las leyes no pudieron contemplar en su momento histórico, y la creación de sistemas preventivos de la corrupción siguiendo el modelo anglosajón, que ha demostrado, en general, ser el más eficaz.

      La denuncia y el desnudamiento de los casos concretos de corrupción, su aireación sin trabas ante la opinión pública y su investigación administrativa, judicial y política. Los medios de comunicación van a tener que cumplir un papel decisivo cuidando de no caer en sectarismos políticos o gremiales, y controlando el riesgo de corrupción en los profesionales.

    • La lucha radical y sin reservas contra el fraude fiscal, la droga y las técnicas de blanqueo del dinero. Algún día tendremos que decidir en el mundo Occidental, que los paraísos fiscales y monetarios tienen que desaparecer desde ya, o funcionar sobre bases radicalmente distintas.

    • La limitación del peso del Estado en la vida civil, la reducción de los poderes discrecionales y el establecimiento de sistemas que garanticen la honestidad y la transparencia en las contrataciones administrativas y públicas.
    • La incorporación de la ética a los planes de estudio, a todos los niveles. Tenemos que empezar a corregir las deformaciones mentales que hemos producido en los jóvenes con nuestros hábitos de comportamiento.

    • El control estricto de los gastos de funcionamiento y electorales de los partidos políticos. El costo operativo de estos partidos es pura y simplemente una aberración que debe ser eliminada sin pérdida de tiempo y sin contemplaciones. Si no forzamos a los partidos políticos a funcionar democráticamente, a renunciar a fórmulas ilegales de obtención de fondos, y a vigilar el comportamiento moral de sus dirigentes, será muy difícil mejorar el penoso ambiente en que vivimos. En este tema empieza ya a circular la idea de que una posible salida podría estar en el "borrón y cuenta nueva" con respecto a delitos relacionados con la financiación de partidos políticos. No está nada claro que ésta sea la mejor solución, pero aún cuando lo fuera, antes de aceptarla, habría que -además de regular la financiación- reclamar a los tres poderes -el Legislativo, el Ejecutivo y el Judicial- que se comprometan a luchar contra la corrupción con más imaginación, con mucha precaución y prudencia. La historia demuestra que en algunas situaciones, los políticos tienden a recubrirse con la bandera del interés nacional para encubrir sus intereses corporativos e incluso comportamientos indignos. Es cierto que en algunos países, y entre ellos Francia e Inglaterra, que son países indudablemente democráticos, se intentó esta vía con éxito, pero de un lado, ya hemos visto lo poco que se ha mantenido el buen efecto y de otro, hay que tener en cuenta que los tiempos han cambiado y la ciudadanía, con todo derecho, podría reaccionar mucho más agresivamente que en aquel entonces.

  4. El empresariado debe ser uno de los estamentos más interesados en poner en marcha un amplio proceso de regeneración ética que devuelva al sistema y a la vida económica su capacidad de desarrollo normal, sin los argumentos de que "todo el mundo lo hace" y "que peor es cerrar la empresa". Las nuevas regulaciones sobre responsabilidades de consejeros y directivas por incumplimientos fiscales, laborales, financieros, medioambientales y otros, pueden ser una buena base de partida. Las empresas y los empresarios necesitan un ambiente más limpio, una atmósfera más respirable, imponiéndose y aplicando estrictamente códigos de comportamiento ético al estilo anglosajón. Reducir el hombre al "homo economicus" seria tanto como volver al "homo cavus".

  5. Tenemos que empezar a contrarrestar desde ahora mismo, ciertas inclinaciones y tendencias, a poner en cuestión la capacidad del propio sistema democrático para afrontar la corrupción y otros problemas que inquietan a la sociedad actual. Empieza a detectarse, a muchos y distintos niveles, un alto grado de desconfianza sobre la viabilidad de un proceso de regeneración partiendo de las bases actuantes y aunque todavía no se habla claramente de soluciones autoritarias, se hacen manifestaciones que las implican inequívocamente. La misma comparación entre el grado de corrupción actual y el de otras épocas anteriores no democráticas, carece de validez y tiene connotaciones que deben ser evitadas aunque sólo sea para no alentar a los partidarios de soluciones simplistas y radicales. Tenemos el mejor sistema político para afrontar estas situaciones si lo dejamos que funcione sin excesivas interferencias. Ocupémonos de que así sea recordando una vez más que los problemas de la democracia sólo se corrigen con más democracia, nunca con menos. Si no somos capaces de asumir esta obligación, no tendremos demasiado derecho a un futuro digno.

  6. El comportamiento internacional de los países ricos alcanza límites de hipocresía y de doble moral verdaderamente intolerables. Siguen existiendo, por ejemplo, muchos países - Alemania y Japón entre ellos- en los que, a pesar de las resoluciones de las Naciones Unidas en esta materia, a pesar de los esfuerzos de la OCDE, el soborno y el pago de comisiones o compensaciones ilegales en países extranjeros no sólo está penado sino que reciben un trato fiscal favorable en tanto en cuanto se presenta como un sistema eficaz para aumentar la actividad económica de las empresas de esos países.

    James Wolfensohn, Presidente del Banco Mundial, viene reiterando, en este sentido, que el "cáncer de la corrupción desvía los recursos de los países pobres a los ricos, aumenta el costo de la actividad económica, distorsiona el gasto público y aleja a los inversores extranjeros serios". A ellos hay que añadir la existencia de 91 paraísos fiscales y no menos de 150 formas conocidas de blanquear dinero negro que vienen siendo practicadas sin la menor dificultad y sin el menor riesgo. A veces se tiene la sensación de que el mundo se está convirtiendo en un enorme casino donado por mafiosos y especuladores.

    La Octava Conferencia Internacional Anticorrupción ofrece la oportunidad de afrontar esos temas con un mínimo de coherencia intelectual y de coraje social y políticos. Sería sumamente positivo que se llegara a resoluciones y a decisiones que comprometieran a todos los países, pero de forma muy especial a aquellos que están en condiciones de adoptar medidas concretas empezando por temas como la financiación de los partidos políticos, las contrataciones públicas, el papel de los medios de comunicación, la educación ética y la creación de organismos internacionales especializados en estas cuestiones.

  7. Un tema especial será sin duda la relación entre pobreza y corrupción, especialmente ahora que se han puesto de moda los ensayos sobre las culturas que favorecen o dificultan el progreso y el crecimiento económico y el especial papel de las religiones y de las iglesias en estos procesos. El sociólogo americano Lawrence Harrison, en una reciente intervención en Valencia, proclamaba como culturas progresistas el protestantismo y el confucianismo y como regresivas el catolicismo, el islamismo y el budismo, en tanto en cuanto estas últimas se resisten a pensar en términos de futuro, conciben el trabajo como una maldición, anteponen los intereses de la familia o el clan al interés general de la sociedad y toleran una penetración excesiva de la religión en la sociedad civil. A conclusiones similares llegan Francis Fukuyama en su último libro "Trust" y Alain Peyrefitte en "La sociedad de confianza", un libro interesante en el que se dedican dos capítulos a España en donde se mencionan como características clásicas, el menosprecio de la actividad productiva y el desarrollo de una "sociedad de suspicacia" que ahoga la libre empresa, la iniciativa privada y la competencia innovadora.

    Merecerá la pena profundizar en estos análisis porque la situación empieza a ser cada vez más intolerable y cada vez más insostenible. Se acaba de publicar una encuesta en Norteamérica que revela que casi un 75% de la población piensa que el problema de la desigualdad entre países ricos y pobres y entre ciudadanos ricos y pobres de un mismo país, no sólo se corregirá sino que continuará aumentando. Tenemos que demostrar con hechos que están completamente equivocados. En otro caso, -démoslo por seguro-la baraja se romperá en mil pedazos.

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